10/10/17

Los escondidos 1933, de Galway Kinnell

Una traducción del poema Hide-and-Seek 1933,  de Galway Kinnell, desde hace varias semanas en los trenes de Nueva York, como parte de la serie Poetry in the Subway.

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Los escondidos 1933, de Galway Kinnell.

Una vez, cuando jugábamos a los escondidos,
Y era hora de irse a casa
Los demás abandonaron el juego antes de que terminara.
Y olvidaron que yo todavía estaba oculto
Me quedé escondido como una cuestión de honor
Hasta que salió la luna

Hide-and-seek 1933

Once when we were playing
hide-and-seek and it was time
to go home, the rest gave up
on the game before it was done
and forgot I was still hiding.
I remained hidden as a matter
of honor until the moon rose.

30/9/17

La muerte en pelota



“Fidel juega a la pelota”. Así se titulaba un artículo que apareció en las páginas de la revista Cuba, en agosto de 1964. Contenía una serie de fotografías,  realizadas por Lorenzo Rocamora. La pintora Antonia Eiriz se basó en una de esas imágenes para realizar su conocido cuadro La muerte en pelota (1966)Hizo algunas modificaciones. Eliminó a la figura del fotógrafo que aparece al fondo y acercó las gradas al home, de manera que también pudiese verse el público. Es posible reconocer la barba del dirigente, aunque el rostro del bateador quedara bruscamente cortado y desenfocado en el margen superior del lienzo. 


Al espectador le correspondía decidir cuál de los personajes podría ser la muerte: si el umpire que, con su uniforme negruzco y su máscara de protección, aparentaba ser una representación alegórica, o  el vital jugador, que con su batazo encandilaba a una muchedumbre de rostros desdibujados y expresiones exaltadas hasta lo monstruoso.


26/8/17

Un lienzo de Fidelio Ponce de León en una película de Alfred Hitchcock

En el minuto 43 de The Rope (1948) Alfred Hitchcock presenta durante un poco mas de  dos minutos un lienzo del pintor cubano Fidelio Ponce de León. Una de las dos telas que el director de cine adquirió cuando el Ponce hizo su primera muestra personal en el Lyceum de La Habana, en octubre-noviembre de 1934. 


13/8/17

Lezama Lima y el 26 de julio.


La lectura de Lezama Lima es siempre desafiante. Sus oscuridades son a menudo ambivalentes y la claridad, cuando existe, es frecuentemente engañosa, como un señuelo que invita a vislumbrar lo hermético. Los textos lezamianos eluden lecturas unívocas  y en ocasiones subvierten lo que aparentan afirmar. En lo que sigue haré una interpretación del conocido ensayo “26 de julio: imagen y posibilidad”, usualmente aceptado como un texto laudatorio de la Revolución Cubana. Lezama Lima propone unas ambivalencias que es preciso interrogar. En particular su empleo de la oposición semántica entre ‘posibilidad’ e ‘imposibilidad’ y su cita al héroe mítico griego Anfión, permiten sostener que las ambivalencias del texto se deben a que el poeta habla desde dos momentos distintos. Primeramente lo que representó el asalto al Cuartel Moncada en el pasado (antes y a comienzos de la Revolución). El 26 de julio, escribe Lezama usando los verbos en el pretérito, “no fue un fracaso, fue una prueba decisiva”. Más adelante habla desde el presente (“el 26 de julio significa para mí”). Este antes y este ahora son esenciales para aproximarse al texto. Sirven también para releer sus ensayos de 1960. Entre “Desde la poesía”–donde el proceso iniciado en 1959 había inaugurado una era imaginaria- y “26 de julio: Imagen y posibilidad”, se interponen ocho años, durante los cuales el entusiasmo del poeta devino en distanciamiento y en escepticismo. Las posiciones de Lezama hacia la Revolución Cubana cambiaron ya antes de 1961, si creemos en el testimonio de su hermana Eloísa.[1] Sin embargo, las severidades de la política cultural posiblemente hicieran que el autor de Paradiso no encontrase otra alternativa que expresar su descontento por medio de un lenguaje hermético y ambivalente. Dicho lenguaje no solo era uno de los pocos subterfugios desde los cuales era posible burlar la censura y el que caracterizaba la producción literaria lezamiana, sino también un modo de redactar un panegírico que a su vez pudiese leerse, si se revisaba con algún detenimiento, como una expresión de inconformidad. No es tampoco improbable que Lezama hubiese querido protegerse de inquisidores –no faltaron en la segunda mitad de la década de 1960- que escudriñaran sus textos, con la intención de encontrar críticas o burlas ocultas. De ser así, el poeta podría habérselas ingeniado para que las ambivalencias quedasen aparentemente despejadas si se revisaban sus ensayos anteriores. El diálogo entre los dos escritos de 1960 (“Desde la poesía” y “Se invoca al Ángel de la Jiribilla”) y el de 1968, es innegable, hasta el punto de que ambos textos contribuyen a un desciframiento, tal vez aparente, de “26 de julio: imagen y posibilidad”. Intentaré argumentar que, en una especie de nueva vuelta de tuerca, el tiempo verbal, con su alusión al ahora, a la realidad vigente, termina por expresar el malestar del poeta. Convengo de antemano en que se trata de una maniobra de lectura un tanto laberíntica, pero no incompatible con las complejidades que plantean los textos lezamianos.[2] 
La idea central de “26 de julio: Imagen y posibilidad” pudo haber sido largamente meditada por el poeta. Una lectura, así sea superficial, de la correspondencia con su hermana, permite apreciar que Lezama sospechaba que sus cartas eran leídas por las autoridades cubanas. De todos modos, en septiembre de 1963, el escritor se atrevió a lanzar una de sus más severas quejas contra el gobierno: “si no hay libertad no hay posibilidad, no hay imagen, no hay poesía’. Aquí se encuentra el germen del ensayo que publicaría cinco años más tarde. 

Para el Lezama de “26 de julio”, la imagen albergaba la posibilidad y gracias a eso poseía la capacidad de ascender a la historia. Pero solo cuando la imagen estaba apegada a la muerte y al sufrimiento, el hombre conseguía iluminar la posibilidad hasta insertarla en los procesos históricos, del mismo modo que Odiseo, un ser viviente entre los difuntos, ascendía hacia la luz, siguiendo los ruegos de su madre muerta. El cubano había perdido su fe en los símbolos de la  nación. El 26 de julio había avivado sus ideales. Gracias al asalto al Cuartel Moncada, una nación frustrada había recuperado su destino histórico. Los jóvenes que atacaron la ‘fortaleza maldita’ entendieron aquella acción como un modo en que Martí -un preñador de la imagen de lo cubano- creaba una realidad por medio de la imagen. El 26 de julio tuvo el propósito de redimir el ideario martiano, malogrado por su muerte y por la injerencia norteamericana. Sin embargo, el 26 de julio fue un intento fallido, que finalmente cedió ante “la jabalina de oro de la posibilidad”.[3]
El fracaso abría un nuevo momento: la prueba del laberinto. Lezama Lima culminó su texto con la siguiente frase:
El 26 de julio significa para mí, como para muchísimos cubanos tentados por la posibilidad, la imagen y el laberinto, una disposición para llevar la imposibilidad a la asimilación histórica, para traer la imagen como un potencial frente a la irascibilidad del fuego, y un laberinto que vuelve a oír al nuevo Anfión y se derrumba.

Aquí tendríamos una triada. El cubano tentado por la posibilidad (es decir, el hombre que, al igual que Martí, lucha porque la imagen ascienda a la historia), el tentado por la imagen (el poeta, aquel ‘apesadumbrado fantasma de las nadas conjeturales’) y el tentado por el laberinto (por la necesidad de tomar decisiones acertadas, como comentaré más adelante), apuntan hacia tres figuras distintas, si bien pudieran ser la misma persona: el revolucionario, el poeta y el buen político. Para cada uno de estos sujetos el 26 de julio significa algo diferente. Convendría parafrasear y segmentar la oración.
1. Para el tentado por la posibilidad –el revolucionario que lucha por realizar los ideales nacionales- el 26 de julio significa la disposición a “llevar la imposibilidad a la asimilación histórica”
2. Para el tentado por la imagen (el poeta), el 26 de julio es la disposición a “traer la imagen como un potencial frente a la irascibilidad del fuego”.
3. Para el tentado por el laberinto (el político sabio) el 26 de julio es el momento en que el laberinto “vuelve a oír al nuevo Anfión y se derrumba.”
Al comienzo del texto Lezama ha dicho que la imagen era la causa secreta de la historia. Su ‘hipótesis y su ‘fuerza operante’ eran la posibilidad. ¿Por qué ahora eso de “llevar la imposibilidad a la historia”? Interrogado sobre cómo la Revolución mejoró la cultura, Lezama comenzó por negar que la revolución fuese un proceso estático. No era una forma sino un devenir. Esta aclaración le dio pie para definir una revolución –en sentido genérico y no necesariamente el presente cubano- como unas “imposibilidades que se rinden ante posibilidades”. Es decir, las posibilidades conseguían abrirse paso, venciendo lo imposible.  La imposibilidad no es ninguna forma de idealismo más o menos romántico e inalcanzable, sino una aspiración frustrada, que ha dejado de ser posible. Si en 1960, la Revolución Cubana había sido una posibilidad infinita, en 1968, el 26 de julio era una disposición a la imposibilidad, que ya no tenía nada que ver con un proceso revolucionario.
En 1960, Lezama –tentado por la posibilidad- creía que la Revolución Cubana había traído nuevamente el espíritu de una “pobreza irradiante, del pobre sobreabundante por los dones del espíritu” (Confluencias, 398). La Revolución inauguraba la era imaginaria de la posibilidad infinita. Luego de un momento de falso esplendor republicano, se asistía a una vuelta a la pobreza creadora, como la que había existido en el siglo XIX cubano y que era intrínseca al proceso ascensional de la nación. Sin embargo, el ensayo “Se invoca al Ángel de la Jiribilla” culmina con una súplica desesperada ante el temor de que el proyecto revolucionario, tal y como él lo interpretó, quedara como un imposible. Su invocación al Ángel de la Jiribilla es más bien angustiosa. Después de afirmar “Mostramos la mayor cantidad de luz que puede, hoy por hoy, mostrar un pueblo sobre la tierra.”, la invocación adquiere un giro dramático, se convierte en una súplica para que la posibilidad infinita pudiese imponerse, en vistas de su inminente fracaso: “Ángel de la Jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda.” Le pide que proteja la posibilidad infinita, evidentemente en peligro de no cumplirse. Le implora que repita la  frase: “lo imposible, al actuar sobre lo posible, engendra un posible en la infinidad”, como si fuese un mantra, una guía que era preciso no perder de vista. Lezama, simpatizante de la Revolución, ya parece advertir en “Se invoca al Ángel de la Jiribilla”, que su sueño de la posibilidad infinita tiene pocas oportunidades de lograrse. Más bien parece decir que solo una voluntad angelical –ingenua, tal vez- podría conseguir que se impusiera dicha visión. La única certeza que todavía conserva Lezama sobre el advenimiento de una era imaginaria, es la de lo imposible.
 “Ahora, ya sabemos que la única certeza se engendra en lo que nos rebasa. Y que el icárico intento de lo imposible es la única seguridad que se puede alcanzar, donde tú tienes que estar ahora, Ángel de la Jiribilla. (Confluencias, 100)
Quienes quisiesen ver en “26 de julio: imagen y posibilidad” una celebración de la Revolución Cubana podrían citar la línea final de este texto de 1960. Aquí tendríamos, en este breve ensayo, “esa disposición a llevar la imposibilidad a la asimilación histórica”. El inquisidor habría encontrado una respuesta satisfactoria a la frase medio ‘sospechosa’. Lezama, aunque mintiese o exagerara, hacía la apología de la Revolución. El poeta hermético celebraba la utopía como mismo lo había hecho antes. Sin embargo, es preciso advertir dos cosas. En “Se invoca al Ángel de la Jiribilla”, lo que resulta imposible, en enero de 1960, es que la revolución llegue al momento de la “posibilidad infinita”. En ese sentido, “Se invoca al Ángel de la Jiribilla”  funciona como un epílogo a su ensayo “Desde la poesía”. En segundo lugar, si volvemos a “26 de julio: imagen y posibilidad” el tiempo verbal en el presente tiende una nueva trampa, que corrobora el escepticismo que había expresado en su imploración de 1960. El  “significa” en el presente, sugiere que todavía en 1968, tres lustros después del asalto al Cuartel Moncada, el intento icárico de lo imposible no había logrado realizarse. No había dejado de ser más que una disposición. El 26 de julio no condujo a que la imagen, como posibilidad infinita, encarnase en la historia. El icárico intento, el sueño del vuelo, estaba necesariamente ligado a la imagen. En otro ensayo de 1968, observó que la potencia (lo terrenal) necesitaba la apoyatura de lo celestial y la Imagen era el vínculo entre lo telúrico y lo estelar. "Si la potencia actuase sin la Imagen,- escribe Lezama- sería tan solo un acto autodestructivo y sin participación". (Confluencias, 420). Si el 26 de julio había quedado solamente como una disposición, sin haber arribado a la Posibilidad infinita, ¿era entonces el gobierno cubano una potencia que había actuado –y que todavía actuaba- sin la imagen?

Para el poeta –el tentado por la imagen- el 26 de julio significaba la disposición a “traer la imagen como un potencial frente a la irascibilidad del fuego”. En las palabras del jurado que le concedió el premio UNEAC de poesía a Heberto Padilla –cuya autoría, al menos en parte, habría que atribuirle a Lezama Lima- se elogia la ‘actitud crítica ante la historia’. Padilla adoptaba una actitud que era común al poeta y al revolucionario: la del inconforme, el que “aspira más porque su deseo lo lanza más allá de la realidad vigente”. La irascibilidad del fuego podría entenderse como esa realidad vigente, que el poeta persigue superar por medio de la imagen.
Finalmente el laberinto. Es, dentro del texto lezamiano, el fragmento que se puede identificar con más facilidad, debido a las referencias intertextuales muy específicas que proporciona el autor. Los ex libris de uno de los grandes prosistas de nuestra lengua son alusiones a dos viñetas del libro Relaciones de Antonio Pérez. El centauro barbudo –el propio Pérez, encarcelado, acusado de cometer un crimen- derriba el laberinto. Deja de contemplar un estado de cosas injusto, dice ‘hasta aquí’ y consigue destruir los muros que lo aprisionan. El acto de cruzar los labios con el dedo índice es un ademán de prudencia, y anticipa que, después de deshacer el laberinto se habrán de tomar decisiones sabias. Con anterioridad el poeta había observado, con fascinación, que Martí leyó al político español. Propuso un parentesco entre el poeta cubano y el cortesano del siglo XVI, a quien Baltazar Gracián había llamado Anfión, como una manera de celebrar su elocuencia.
Anfión es un héroe mítico griego, comparable a Orfeo. Hermes le había regalado una lira. A diferencia de su hermano Zeto, quien había tenido que trabajar duramente para construir los muros de Tebas, los sonidos de la lira de Anfión ejercían un poder tan persuasivo que las piedras, obedeciendo a las notas musicales, se alineaban para erigir la muralla. El nuevo Anfión –tal vez distinto al que mencionara Gracián- podría verse como una imagen de Fidel Castro, cuya elocuencia conseguía cautivar a las multitudes (no hay que descartar que Lezama viese, burlonamente, un parecido visual entre el Centauro del ex libris y el dirigente cubano pronunciando uno de sus discursos). Sin embargo, la historia del héroe tebano tiene un desenlace trágico. Apolo y Artemisa asesinan a sus hijos, como un castigo a las burlas de su esposa Nióbe, quien afirmó haber procreado más que la diosa Leto. Anfión, dominado por la hybris trató de destruir el templo de Apolo. Si uno se atiene al mito de la Antigüedad, la hybris de Anfión es “una irascibilidad del fuego”. El héroe tebano encarna dos momentos distintos: la elocuencia –la lira es un instrumento apolíneo- y la soberbia. Lezama citó a Anfión con frecuencia a lo largo de su obra. Era uno de sus personajes griegos predilectos. Difícilmente no hubiese reparado en aquella dualidad.
Lezama se cuidaba las espaldas. Si un funcionario lo hubiese interrogado habría podido responderle que el laberinto era una cita a Antonio Pérez, a quien ya previamente había comparado con José Martí, y el nuevo Anfión, podría ser Fidel Castro, un continuador de aquella tradición revolucionaria. El laberinto que se derrumbaba era la Revolución triunfante, que vendría a liberar al pueblo cubano. Pero no quedaba del todo claro si el Centauro barbudo que cruzaba su dedo sobre los labios y tomaba decisiones correctas, luego se transformaría en un nuevo Anfión, en el político soberbio que quiso destruir el templo de la divinidad. El adjetivo ‘nuevo’, por el contrario, podría sugerir que se trata de un personaje distinto al que el propio Lezama había citado en “Se invoca al Ángel de la Jiribilla”.




[1] Lezama Lima, Eloísa. Una familia habanera.  Miami: Ediciones Univesal, 1998: 94.
[2] En una entrevista con Ciro Bianchi Ross, el poeta afirmó:
En Orígenes, por ejemplo, hay varias notas que demuestran nuestra señal de inconformidad, de estar alertas ante la situación del país. Y quien lea atentamente mi poesía verá cosas que, si bien no están en la superficie, están de todas maneras y constituyen un grito de nuestra generación en defensa de nuestra identidad cultural, en contra de la desintegración y frustración política del país.
Lezama Lima, José. Diarios (compilación y notas Ciro Bianchi Ross). La Habana: Ediciones UNION: 145.
Es preciso notar que Lezama habla de dos cosas distintas, las notas que aparecieron en Orígenes  y su poesía –incluidos los versos que escribió después de 1959. De modo que su queja contra frustración política y la desintegración del país no debieran limitarse solo a los libros anteriores al triunfo de la Revolución. Se impone, indudablemente, revisar sus textos en busca de aquellas alusiones, difíciles de desentrañar, en libros como Dador y Fragmentos a su imán
[3] Leído en relación con “Desde la poesía” la jabalina de oro de la posibilidad podría entenderse como una imagen de la falsa opulencia que, según Lezama, habría caracterizado al período republicano.
En Las metamorfosis de Ovidio encontramos la jabalina de oro, un regalo de Febo Apolo a su amigo Cipariso. Este último la utiliza en las cacerías. Sin embargo, por un equívoco –creyendo dispararle a una presa cualquiera- Cipariso mata a su querido ciervo. Cabe conjeturar que la jabalina de oro es, por lo tanto, una metáfora del destino fatídico y autodestructiva, comparable a la decisión de Cipariso, que cree matar a una presa que habría de proporcionarle beneficios y termina por aniquilar una posesión querida.
En la novela, Paradiso, sin embargo, Foción recita los siguientes versos:
Pero no se adelanta frente al jabato
¿No es el dueño de la jabalina de oro?
La jabalina de oro, en este caso, es una imagen fálica, un atributo de lo masculino. Pero este uso metafórico no parece tener una relación muy directa con la imagen que encontramos en el ensayo de 1968.

19/4/16

A la deriva

La exsecretaria de Estado ganó, tal y como anticiparon las encuestas, el Estado de Nueva York. Existieron algunas irregularidades y se estima que unos tres millones de personas -buena parte de ellos independientes y por tanto inclinados hacia el Senador de Vermont-no tuvieron oportunidad de participar en las primarias. No se registraron como demócratas antes del 25 de octubre, como lo exigían las regulaciones del Partido o, de manera sorprendente, a última hora vieron alteradas sus afiliaciones partidistas.  Como quiera que sea, los entusiastas de Bernie Sanders tendrán que poner los pies en la tierra y admitir que los resultados dejan al Senador con escasas posibilidades de lograr la candidatura demócrata.

Como simpatizante de Sanders, la derrota en Nueva York me parece catastrófica para los demócratas. Es preciso tener en cuenta que los discursos de Hillary y su adversario pudieran verse como discrepancias entre pequeñas diferencias. La exsecretaria se ha aproximado a las visiones más radicales de su rival y posiblemente lo haga todavía más, con el propósito de atraer a los seguidores del Senador. La diferencia entre ambos no reside ni en sus promesas, ni en sus posiciones políticas. La distinción entre los candidatos es, sobre todo, de orden ético. Un gran por ciento de la población no considera a Hillary digna de confianza e incluso, tiene la imagen de que permanece demasiado apegada a los intereses del gran capital. Esta falta de credibilidad -que se confirma en su continuo cambio de posiciones y en su renuencia a divulgar el contenido de sus presentaciones ante Goldman Sach- no solo genera escaso entusiasmo, sino que también la hace vulnerable ante los ataques de sus rivales (ya sea Sanders o los Republicanos). Lamentablemente, abundan los materiales en los que puede observarse que ella miente, se contradice o actúa de forma oportunista. Personalmente no veo cómo Hillary conseguiría involucrar a los partidarios de Sanders, sin revertir este perfil de persona deshonesta.

Hillary enfrenta un segundo problema, quizás todavía más grave que el anterior: la investigación que conduce el FBI a propósito de su cuenta de correo electrónico. Se desconocen los resultados de dichas pesquisas, pero no hay que descartar la posibilidad de que Clinton sea encausada por su descuidado manejo de información altamente confidencial y por el uso de su posición como Secretaria de Estado para beneficiar a la Fundación Clinton, entre otras negligencias. 

Finalmente, la pugna entre Clinton y Sanders ha generado mucho descontento entre los seguidores de este último. Muchos partidarios del senador se sienten defraudados con el Partido Demócrata, que en todo momento favoreció a Hillary, con los llamados súper delegados -que han tenido un peso abrumador en toda la contienda-, con los canales de televisión y con los periódicos más establecidos. Los jóvenes que siguen a Sanders han tenido demasiadas evidencias -una de las más groseras fue el espacio de 20 segundos que la emisora ABC le dedicó a senador durante todo el 2015- de las manipulaciones de los mainstream media y de los comportamientos abusivos del Democratic National Committee. Al menos por ahora, muchos partidarios del senador sienten una justificada hostilidad no solo hacia la candidata, sino también hacia el propio Partido Demócrata. No hay que descartar que Sanders -o alguna otra figura política emergente- intente aprovechar el movimiento anti-establishment, y de orientación independiente que encontró un líder en el senador de Vermont. Es decir, no es del todo improbable que haya que contar con un tercer partido en las elecciones generales.


Estos tres problemas, la falta de credibilidad de Clinton, la investigación que lleva a cabo el FBI -y que parece una especie de bomba de tiempo-, además de la dificultad para atraer a los simpatizantes de Sanders, hacen de Hillary una figura muy endeble frente a sus opositores republicanos e incluso frente a los de un posible tercer partido. No hay que dar por sentado que ella pueda derrotar sin más ni más a Trump (o al republicano que salga como candidato). Lanzar a Clinton podría ser una jugada sumamente arriesgada, en una contienda electoral que se ha caracterizado por ser más bien impredecible.   

15/8/15

Entre la espada y la pared


El deshielo entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba no cesa de sorprender y no cabe duda que ha sido posible gracias a la iniciativa –y a las presiones- de la diplomacia norteamericana. Son los yanquis, tradicionalmente vistos como arrogantes, los que ceden y conceden –desde la liberación de los cinco espías hasta la negativa a invitar a los disidentes cubanos a la ceremonia de izamiento de la bandera en el edificio de la embajada- con tal de apresurar y estimular el diálogo. Los representantes del gobierno cubano, en cambio, son los que exigen, los que parecen poner trabas al entendimiento y aletargar las negociaciones. Esta situación -a primera vista contradictoria si se piensa que la economía cubana sería la más beneficiada con el restablecimiento de vínculos diplomáticos y comerciales- hace pensar que el gobierno cubano no percibe la nueva política estadounidense como ninguna concesión, ni como una victoria. La administración Obama se impone, no desde sanciones y posiciones de fuerza, sino desde una especie de cortejo, de un modo seductor, mientras desde la isla responden a regañadientes, ya sin muchos peros que interponer, porque el olfato político de sus ancianos dirigentes intuye que no les será sencillo sostenerse en las nuevas circunstancias.

Estados Unidos rectifica una política fallida, repudiada por la comunidad internacional, que favoreció el enquistamiento del régimen de La Habana en la medida en que permitió justificar la represión económica de la población y culpar a los Estados Unidos por el progresivo deterioro de la economía nacional. Las relaciones hostiles entre ambos países también sirvieron para legitimar la necesidad de un partido único, la falta de libertades cívicas y la imposición de un orden represivo destinado a obstruir tanto el desarrollo del capital privado nacional como los espacios políticos de la oposición.

Por lo pronto, el entendimiento parece poner al gobierno cubano entre la espada y la pared. Por un lado le resulta difícil no involucrarse en esta nueva política, basada en gestos corteses, que cuenta con el respaldo internacional, con las simpatías de gran parte de la población cubana y también, posiblemente, con el entusiasmo de influyentes grupos de poder en Cuba (la dirigencia política muy bien podría estar escindida entre los defensores de la vieja política y los partidarios del emergente diálogo). Por otra parte, –aunque el canciller Bruno Rodríguez afirme una y otra vez que las diferencias entre gobiernos no van a resolverse- el acercamiento es un modo de presionar a La Habana para que haga urgentes aperturas económicas y políticas.


De entrada –y este es un primer acierto de la política de Obama- los ideólogos de la dictadura se han visto forzados a atemperar e incluso subvertir sus tiradas antinorteamericanas. Silvio Rodríguez ha lanzado la frase ‘Cuba sí, yanquis también’ y las banderas estadounidenses comienzan a ponerse de moda en La Habana, con el beneplácito de las autoridades. Asistimos a la agonía del discurso antimperialista que definió históricamente al proyecto iniciado en 1959, y que han sostenido las izquierdas populistas e impopulares de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.  Pero este derrumbe de la retórica antimperialista -y su consiguiente impacto político sobre los gobiernos latinoamericanos- es solo el efecto más inmediato y ya perfectamente visible de las nuevas relaciones entre los países vecinos. No es difícil conjeturar que el cambio político gestionado por Los Estados Unidos afectará estructuralmente a la manera de administrar el país. Hasta ahora el gobierno de Raúl Castro ha realizado reformas que contribuyan a sanear la economía nacional siempre y cuando no comprometan la estabilidad política del régimen. Son ajustes tímidos y realizados con cautela porque se trata de un gobierno que se sabe impopular y frágil. Un gobierno que se siente seriamente amenazado con la posibilidad de que los ciudadanos hablen en voz alta, aunque solo fuese por un minuto y en la performance de una artista.  Ahora la clase dirigente, que es esencialmente renuente a los cambios, tendrá que lidiar con un vecino poderoso, que extiende la mano y ofrece las mil y un tentaciones, a cambio de atreverse a ensayar políticas menos conservadoras. Las nuevas relaciones diplomáticas, que parecen anticipar el levantamiento definitivo del embargo económico, podrían inducir –o hasta obligar- a cambios más acelerados y que favorezcan el desarrollo del capital privado y la aparición de proyectos y posiciones políticas alternativas. 

26/4/15

La novela de Facebook


















El escritor Armando Añel concibió un proyecto muy singular y muy a tono con nuestros tiempos. Lo ha titulado La novela de Facebook. Con el pago de una suma que oscilaría entre los 20 y los 500 dólares, los usuarios de la red social tendrán la oportunidad de convertirse en personajes de su libro, del mismo modo que los donantes eran representados como orantes en la pintura flamenca. Hasta cierto punto, es una novela por encargo, como las fueron muchas novelas del pasado y como los son muchos libros que se escriben en el presente. Pero hay otras complejidades en el proyecto de Añel. Los contribuyentes tienen la posibilidad de indicar –o mejor dicho- encargar los pasajes o las situaciones en las cuales quisieran aparecer. El oficio del escritor consistiría sobre todo en encontrar las palabras para describir las escenas y traducirlas a la primera persona (Añel anuncia que toda la novela, que estima tendrá entre cien y ciento cincuenta personajes, será escrita desde la primera persona). El autor se comporta más bien como un retratista, comparable al pintor de pasadas centurias o al fotógrafo contemporáneo. Posiblemente la gran mayoría de las novelas que se han escrito hasta el momento estén inspiradas en personas reales, que de un modo u otro se relacionaron con el narrador. Solo que ahora los donantes/personajes también podrían convertirse en autores e insertar sus propios textos. Sería una novela participativa y polifónica, un experimento que tendría antecedentes en los cadáveres exquisitos de los surrealistas y en numerosos ejemplos de las artes visuales contemporáneas.

La labor más ardua, y la que me deja con más expectativas, podría ser la creación de una estructura narrativa que, como un inmenso rompecabezas, consiga establecer interacciones entre los personajes o conferirle alguna unidad a la trama, en caso de que al autor persiga ambos propósitos.  No menos desafiante es el hecho de hablar desde la primera persona con un lenguaje que pueda reproducir la pluralidad de voces de unos cien o ciento cincuenta personajes diferentes. En ese sentido el autor tal vez necesite comportarse no solo como un retratista o un caricaturista, sino también como un actor.


La novela de Facebook aspira a convertir la creación literaria en un proyecto económicamente rentable, financiado por quienes encarnarán en personajes de ficción, interactuarán en el mundo ficticio e incluso aportarían fragmentos de la narración. Es evidente que, más allá de los concursos literarios y los contratos con las casas editoriales, más allá de las ambiciones de producir un best-seller o recibir algún premio, los escritores necesitan encontrar otras iniciativas para financiar sus libros e incluso poder vivir con las ganancias que obtengan gracias a su trabajo. Añel se sirve de las redes sociales y de formas contemporáneas de recaudar fondos que al parecer ofrecen alternativas plausibles y hasta ahora poco aprovechadas por los narradores.

11/2/15

El Sexto y los cerdos


El seudónimo El Sexto es una réplica burlona a la hasta hace poco abrumadora propaganda oficialista sobre ‘Los cinco’ o ‘Los cinco héroes’.  Desde su propio nombre artístico, Danilo Maldonado declara sus intenciones de subvertir los discursos propugnados por el gobierno. Posiblemente pocos artistas que residen en Cuba hayan logrado incomodar tanto a las instituciones culturales y a los encargados de mantener el orden. El malestar que provoca su trabajo consiste no tanto en sus ininterrumpidos signos de inconformidad, como en su empecinamiento por llevarlos al espacio público. Son signos que traza sobre las paredes, sobre su propio cuerpo –desde el que exhibe, como transeúnte, un tatuaje con el rostro del fallecido líder opositor Osvaldo Payá- y más recientemente sobre dos cerdos, en cuyos lomos escribió los nombres Fidel y Raúl (el artista tenía la idea de soltar a los puerquitos en plena calle).

Semejantes creaciones son, ante todo, críticas institucionales. El Sexto sabe que sus protestas no serán promovidas institucionalmente, sabe que no logrará comercializar su trabajo y que su postura contestataria posiblemente sea menospreciada por otros artistas que basan sus obras en una crítica social a menudo virulenta, pero que –a diferencia de las propuestas de El Sexto- resulta ventajosa para los espacios de distribución del arte controlados por el Estado. Los grafitti de El Sexto, destinados a ser borrados o recubiertos lo antes posible por supuestos simpatizantes del gobierno, lo convierten en un marginal en el escenario artístico habanero, y no me extrañaría que muchos de sus colegas ni siquiera lo vean como un artista, sino más bien como un disidente. 

A fines de diciembre del 2014, la conocida creadora Tania Bruguera viajó a La Habana con la intención de realizar una performance en La Plaza de la Revolución. Se trataba de un micrófono abierto donde los participantes tendrían un minuto para expresar cualquier opinión. La performance no pudo llevarse a cabo. Las autoridades encarcelaron a Bruguera y a otros ciudadanos que se prestaban a tomar la palabra. Pero, acaso sin proponérselo, la artista realizó la performance en esa misma imposibilidad de ponerlo en práctica, como un reverso que vendría a evidenciar lo que  está prohibido hacer tanto en el arte cubano como en las calles. De cierta forma la performance estuvo compuesta por el diálogo fallido entre Bruguera y los funcionarios de cultura, por la respuesta represiva del poder, el distanciamiento y el rechazo de otros creadores, e incluso por las reacciones de la diáspora cubana, los comentarios en las redes sociales y en la prensa internacional.  La performance mostró que, si bien la artista estaba provista de una notable capacidad para hacerse escuchar, el ciudadano cubano no tiene posibilidad legal de expresarse públicamente y su voz política no puede divulgarse por ningún lado. 

La performance de El Sexto con su pareja de cerditos no tuvo la misma repercusión. Tampoco pudiera decirse que se realizó precisamente porque fue bruscamente interrumpida por las autoridades. Comparado con Bruguera, El Sexto es un Don Nadie. Y como tal encarna a ese ciudadano a quien no se le autoriza una voz pública, ni siquiera por un minuto. La idea de que dos cerdos lleven los nombres de Fidel y Raúl en los días de jubileo por el nuevo año, parece seguir la misma lógica que los centenares -o acaso miles- de chistes populares que han circulado entre la población cubana desde los comienzos mismos de la Revolución. La burla popular ha acompañado a la ideología oficial como la sombra a un viajero. Ha sido un humor fecundo y que se renueva constantemente, pero ha sido un humor marginado al ámbito de lo privado.

El Sexto se propuso que su broma se hiciese escuchar en el espacio citadino. Es por eso que paga bien caro la osadía de nombrar dos cerdos como los dos hermanos que han regido los destinos de la nación. Desde fines de diciembre, Bruguera no puede abandonar el país, en espera de las acciones legales que podría tomar el gobierno por su iniciativa de cederle un micrófono a cualquiera que quisiera usarlo. El caso de El Sexto es todavía peor. Está encarcelado desde hace seis o siete semanas. Es decir, cumple anticipadamente una sanción mientras espera que su causa sea llevada a juicio. Si no se tratase de una broma de pésimo gusto, cabría pensar que su nombre artístico terminó por jugarle una mala pasada. El gobierno que reclamaba la libertad para ‘Los cinco’, justificadamente condenados en los Estados Unidos bajo cargos de espionaje, convierte, de forma injustificada, a El Sexto en un recluso.


Desde mediados de los años ochenta los artistas que han pasado por las prisiones cubanas suelen tener en común el hecho de haber basado su trabajo en la crítica a los circuitos de distribución del arte. No es lo que dicen las obras, sino el hecho de pretender decirlo fuera de los salones nacionales, las galerías o las bienales, lo que las autoridades cubanas encuentran punible. Para el gobierno cubano el arte crítico es aceptado a condición de que esté aprisionado en los muros de las instituciones, confinado dentro de los límites de un evento oficial, de gira por otros países, silenciado por la prensa y los medios de difusión. 

8/1/15

Charlie Hebdo y la libertad de expresión


Una horrenda masacre tuvo lugar en las calles parisinas. El resultado: doce muertos como consecuencia de unas caricaturas que se burlaban de Mahoma. Innecesario aclarar que se trata de un crimen que no se corresponde con la ofensa que implicaban los dibujos. Hay que condenarlo, como una respuesta desmesurada y aborrecible.Posiblemente muchos musulmanes encuentren igualmente repudiable este acto terrorista. La brutalidad de los asaltantes tal vez les parezca excesiva a muchos de quienes profesen el culto a las enseñanzas del Corán, aunque otros acojan el asesinato de doce ciudadanos franceses como una necesaria vindicación frente a un conjunto de imágenes blasfemas. Está claro que no se puede confundir al musulmán con el terrorista. Eso sería un absurdo idéntico a pensar que todos los vascos son etarras.

 Tal vez convenga recordar el escándalo provocado por Chris Ofili en el Brooklyn Museum, con su serie de representaciones de la Virgen María realizadas con excrementos de elefante y donde el artista agregó fotografías pornográficas. ¿Eran estas representaciones sacrílegas, que herían la sensibilidad de los devotos? Sin duda, pero estaban realizadas en una sociedad del espectáculo, entraban en el juego de provocaciones propias del arte. Los cristianos que se ofendieron tenían herramientas legales y financieras para enfrentarse al Brooklyn Museum. Y lo hicieron. El por aquel entonces alcalde de Nueva York abrió una demanda contra el museo y además hizo esfuerzos por retirarle el financiamiento a la institución. Pero el First Amendment vino a amparar al Brooklyn Museum frente al mojigato Giuliani. El fallo judicial fue una rotunda victoria de la libertad de expresión. Aquí tenemos un ejemplo de un comportamiento propio de nuestras sociedades democráticas (donde también, no hay que olvidarlo, la libertad de expresión en sí misma forma parte de un espectáculo que posee una dimensión represiva). El alcande de Nueva York pasaba por alto toda una tradición carnavalesca muy propia del mundo occidental y que, de acuerdo con el pensador ruso Mikhail Batkhtin, tiene sus raíces en el medioevo y en la cultura grecolatina. Era esta tradición la que habría que convocar ante las obras de Ofili. Nosotros, desde hace tiempo, hemos aceptado e incorporado a nuestra cultura transgresiones y críticas muy graves contra los fundamentos del cristianismo. Y esa falta de rigidez, esa burla frente a las concepciones trascendentales, es un rasgo de nuestra cultura que hoy celebramos como un gran acierto y como parte de eso que hoy llamamos libertad de expresión.

Es indudable que hay que defender dicha libertad. Es una libertad todavía imperfecta y constantemente amenazada. También es una libertad con límites. Y creo que todo el mundo estaría de acuerdo en que es preciso proteger al menos algunos de esos límites: serían necesarios en una sociedad cada vez más abierta a las diferencias y al respeto hacia las minorías. Los comentarios racistas, vilipendiosos hacia las mujeres o las minorías sexuales, las tiradas anti-semitas, las celebraciones del nazismo, la homofobia, la pornografía infantil, y muchos otros contenidos que suponen una degradación o una invitación a la violencia contra determinados seres humanos, son contundentemente repudiados–y hasta podrían ser sancionadas por la ley- en nuestros paradigmas de libertad de expresión. Lo que se persigue es una libertad que no sea humillante para determinados grupos  que usualmente figuran entre los menos pudientes en nuestras sociedades occidentales. Occidente aspira a una libertad de expresión basada en el respeto a las diferencias y que incluso celebre la dignidad de las personas.

Creo que este sentido de respeto hacia el otro faltó en las caricaturas publicadas por Charlie Hebdo. En la práctica, tuvieron el propósito de alimentar las tensiones contra grupos étnicos que profesan el Islam. Dichos grupos sociales están mayormente compuestos por inmigrantes, ilegales o no, o sectores de las clases trabajadoras.

El hombre occidental tiende a aceptar las burlas y los cuestionamientos más severos a la religión, en parte porque el Cristianismo mismo se ha vuelto menos dogmático y se aparta cada vez más de cualquier forma de intolerancia. La iglesia dejó de ser el aparato ideológico primordial en los estados occidentales, sustituido por las instituciones de una enseñanza donde los contenidos religiosos dejaron de tener el carácter impositivo que prevaleció en el pasado. Nosotros podemos decir ‘Me cago en Dios cabrón’ con la mayor naturalidad del mundo.


En las sociedades islámicas el culto religioso funciona de un modo diferente a Occidente. Los musulmanes tienen otra visión del mundo, regida por otras concepciones morales, donde la devoción a Mahoma suele tomarse con mayor seriedad. Nosotros podríamos llamarlo extremismo,  fanatismo religioso o como queramos, podríamos pensar que los musulmanes viven en un mundo anticuado y autoritario, dominado por todo tipo de prohibiciones y creencias seculares;  pero, ¿no estaríamos aquí en uno de los casos en que la libertad de expresión debiera respetar las diferencias? No es raro que dentro del sistema de pensamiento de las culturas islámicas, que difiere del que se impuso en nuestras sociedades del espectáculo, las caricaturas contra El profeta fuesen interpretadas como innecesarios abusos de poder, como faltas de respeto hacia una comunidad religiosa, que en principio, como parte de su propio credo, no debiera aceptar semejante humillación . Son también -a diferencia de los ampliamente repudiados comentarios racistas, homófonos, degradantes para las mujeres, los judíos, etc.- imágenes que Occidente no solo tiende a elogiar como gestos saludables, ‘polémicos’, que supuestamente son manifestaciones de una mayor libertad de expresión, sino también como un derecho que nosotros, los hombres democráticos, debemos defender como grandes paladines. Escudado en la palabra libertad, el hombre occidental se siente con derecho a pisotear las creencias del otro, a insultarlo, a mofarse de sus ideales más sagrados. Es un derecho consagrado jurídicamente, evocado continuamente por la prensa, los políticos y los artistas ¿Es esta la libertad de expresión que debiera defenderse? 

Las caricaturas no agregan nada a una supuesta 'libertad real' de la democracia. Repito lo que dije al inicio: no hay que justificar el ataque a la sede de Charlie Habdod. Hay que condenarlo, como una respuesta desmesurada y aborrecible. Pero igualmente encuentro reprochables estas caricaturas que persiguieron encender el resentimiento contra algunos grupos étnicos.