27/3/10

La pintura y la imaginación material.

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I
René Huyghe, en un par de libros (Diálogo con lo visible, Los poderes de la imagen), escribió -por desgracia, muy brevemente- sobre cómo en la pintura, al igual que en las imágenes poéticas, pueden encontrarse evidencias de lo que Bachelard denominó imaginación material.

II
Van Gogh sería un pintor del fuego. Habría que reparar en la predilección de Van Gogh por las escenas de crepúsculos y días soleados, su gusto por los colores cálidos, las pinceladas ondulantes (como si se tratase de los movimientos de las llamas) y muy expresivas. En El árbol de las moras (1889), por ejemplo, el follaje parece una fogata. Van Gogh imagina un árbol incandescente, flameante, como un fuego campestre agitado por el viento. Delante de El árbol de las moras, convendría recordar una frase de Novalis (citada por Bachelard)¨El árbol no es otra cosa que una llama floreciente¨. En los motivos que aparecen en la obra de Van Gogh –poco importa si se trata de girasoles, trigales o lámparas que iluminan los recintos- predominan las visiones del fuego.



Incluso en lienzos donde los colores cálidos quedan relegados a algunas áreas, de todas maneras conservan un énfasis notable. En este Autorretrato, donde la mayor parte de la superficie está cubierta de azules y grises, las numerosas espirales ofrecen el efecto de un incendio. El autorretrato se vuelve profundamente psicológico. La mirada refulge, como iluminada por las brasas.



III
Poussin es un pintor de la tierra. Lienzos de paisajes rurales, de vistas panorámicas donde las laderas o las montañas prevalecen sobre los personajes que participan en la escena. Los árboles en la pintura de Poussin –en contraste, por ejemplo, con El árbol de las moras de Van Gogh- parecen ser poco más que una prolongación de los suelos o las grutas.



Las figuras de Poussin tienen la apariencia de estar petrificadas, detenidas en el instante, como si súbitamente se transformasen estatuas.



IV


Los paisajes de Whistler, en los que frecuentemente el pintor procuraba insistir en las cualidades sinestésicas que compartían la pintura y la música, están unificados por armonías de grises. Escenas de nieblas, de días lluviosos, de nocturnos o de amaneceres otoñales. Whistler pinta aguas adormecidas, aguas tranquilas. Sus paisajes son fluidos, sin contornos precisos, como si las imágenes estuviesen diluidas en lo acuático.


V
En la pintura de René Magritte hay numerosos ejemplos de visiones del vuelo, de figuras que se transmutan en nubes, o en prolongaciones del cielo. En Castillo de los Pirineos la piedra no sólo parece volar; sino también ascender, volverse leve. El aire es la sustancia que anima las imágenes oníricas de Magritte, su mundo tan convincentemente irreal.


En las próximas entradas me gustaría comentar cómo un mismo motivo iconográfico puede ser representado de maneras muy distintas, si se mira desde la perspectiva de la imaginación material.

23/3/10

El efecto Zapata Tamayo (II)

Estas líneas pretenden ser una segunda parte o un complemento a un texto que publiqué el domingo pasado en Diario de Cuba. Allí hablé de cómo la muerte del disidente Zapata Tamayo aceleraría la caída del régimen. Sobre este punto existieron algunas reacciones. Una de ellas me pareció interesante. La copio de inmediato y luego me gustaría incorporar algunos comentarios. La escribió un anónimo que firmó como Disparate y encabezó su nota con la palabra Mayúsculo. Dice lo siguiente:

Primero que todo, por favor, arreglen eso de "La muerte de Zapata Tamayo...", en este enésimo texto de un agorero del "fin". "Fin" ¿de qué? Llevamos más de medio siglo augurando el fin del castrismo. Bueno, esta claro que el fin de la vida de los Castro esta más cerca ahora que en el 59, pero de eso a que sea el fin del castrismo, va un largo trecho. A estas alturas del cuento deberíamos habernos dado cuenta que "el castrismo" estará con nosotros bastante tiempo, después de que ambos Castros estén bajo tierra. ¿Por qué?, pues porque la prole del "castrismo", entiéndase no sólo sus hijos biológicos, sino, sobre todo, sus hijos ideológicos, se han apropiado del futuro del país.


La historia ha demostrado que, infaliblemente, todos los sistemas totalitarios caen. Y sin embargo, el gobierno cubano se ha enquistado de tal modo que ha dejado en una posición embarazosa a los que han vaticinado su final. Casi desde el inicio de la Revolución han existido los que han profetizado su caída. Estos “agoreros”, para emplear la palabra del comentarista, con frecuencia se apoyaron argumentos que, luego, la realidad vino a desvirtuar.

Existen al menos tres ejemplos bastante célebres de estas predicciones. Los dos primeros coincidieron con el derrumbe del bloque socialista y la crisis económica e ideológica por la que atravesó la sociedad cubana a comienzos de los noventa. La canción “Ya viene llegando” de Willy Chirino fue un verdadero hit dentro de Cuba. Recuerdo que en las celebraciones por el fin de año, el 31 de diciembre de 1991, se puso en muchísimas fiestas, de manera evidentemente clandestina (lo cual, según escuché decir, desató no pocas intervenciones policiales). El segundo ejemplo que acude a mi mente es La hora final de Castro, de Andrés Oppenheimer. El libro circuló, igualmente de forma clandestina, en La Habana. Era una investigación fascinante, que los habaneros devoraron y en donde muchos pudieron enterarse de montones de detalles que fueron ocultados por la prensa cubana. Pero "la hora final" se ha dilatado por unos veinte años, lo cual viene a ser algo así como un 40 por ciento de la historia del proceso iniciado en 1959. Finalmente, Penúltimos días. El autor de este popular blog escogió un título muy ingenioso que a un mismo tiempo aludía al "último día" y dejaba un margen indefinido entre el presente y el advenimiento de la “hora final”. Un título muy acertado. Sin embargo –y no digo esto con intención de polemizar- si se tiene en cuenta que el blog comenzó en agosto del 2006, muy bien podría ya llamarse “penúltimos años”.Tanto Oppenheimer, como Willy Chirino y Hernández Busto acudieron a criterios que cualquiera habría encontrado relevantes (la caída del bloque socialista, la entrada en un agónico período especial, los desajustes en la cúpula gobernante y la enfermad de Fidel Castro, que en julio de 2006 lo obligó a distanciarse del ejercicio público del poder).

Como quise argumentar en mi texto, la muerte de Zapata Tamayo creó una situación nueva o al menos indica que se asiste a un nuevo problema: la consagración de los grupos opositores políticos y el papel protagónico que empiezan a desempeñar en las tensiones de la sociedad cubana. Este es un elemento nuevo, sobre el que conviene insistir. El fallecimiento de Zapata Tamayo marcó el momento en el que los disidentes cubanos fueron tomados en serio por la prensa internacional, y también por muchos gobiernos que, hasta hace unas pocas semanas, pretendían ignorar sus reclamos. Dentro de Cuba han conquistado un espacio mediático que las autoridades se han visto forzadas a abrirle. Con las habituales descalificaciones de “delincuentes" y "mercenarios”, sin que todavía se escuchen sus voces, Zapata Tamayo, Guillermo Fariñas y las Damas de Blanco aparecieron en la prensa nacional y en los programas informativos de la televisión cubana (Noticiero de Televisión y Mesa Redonda). Es cierto que los opositores se habían mencionado antes en estos medios; pero nunca con la intensidad con la que se ha hecho en estas semanas. Lo mismo puede decirse de los mítines organizados por el gobierno. Desde el momento del Mariel, en 1980, no se habían visto con tal fuerza. Como a todas luces indica la consigna “esta calle es de Fidel” los mítines obedecen al propósito de defender el espacio urbano. Las propias experiencias revolucionarias, desde las barricadas parisinas del siglo XIX, hasta las protestas en Irán, han demostrado que las calles son el espacio por excelencia de la revuelta (un lugar que en la actualidad, en sociedades que subsisten a contracorriente del mundo global -mediante la estrategia política de cerrarse al exterior- encuentra una resonancia en el Internet y las emergentes tecnologías de comunicación).

La semana de protestas de las Damas de Blanco fue un forcejeo entre la oposición y el gobierno. Vistas en su conjunto, las manifestaciones permiten distinguir un cambio en las réplicas oficialistas. Las primeras fueron más ruidosas, se ejerció la fuerza y la multitud usurpó los lugares; mientras los uniformes de las autoridades eran menos visibles. En la última jornada, sin embargo, un llamativo cordón policial protegió a las Damas de Blanco y las aísló de la multitud que las agredió verbalmente. Claro que aquí hay algo de puesta en escena. El gobierno procuró evitar los disturbios violentos que el propio gobierno hacía posibles. Pero si se observa bien, aceptando incluso todo el carácter histriónico de la escena, las autoridades tuvieron que ceder un poco y permitir la protesta, incluso cuando hayan convocado a las mismas turbas –frecuentemente hasta a los mismos participantes- de los días anteriores. Es decir, aunque se trate de un simulacro, las autoridades cubanas protegieron el espacio –y la voz- de las opositoras.

Otro síntoma: el propio domingo un oficial del gobierno se entrevistó con el opositor Guillermo Fariñas, en huelga de hambre desde hace varias semanas. No hubo negociación. El emisario no trajo ninguna propuesta. Sólo acudió al hospital para pedirle que depusiera su huelga. Pero al final del encuentro, el representante de la jefatura cubana afirmó que transmitiría las posiciones del disidente a sus superiores. Por último, ese mismo día, un candidato opositor se presentó a las elecciones municipales del Poder Popular. La bloguera Yoani Sánchez argumentó que se trataba de una victoria, a pesar de que a su favor sólo votó un pequeño por ciento de los electores. Según Sánchez, este partidario del cambio consiguió al menos que la mitad de los votantes se abstuvieran.

Estas reacciones del gobierno, cuyo carácter histriónico parece confirmarse por el hecho de que todas ocurriesen en el mismo día, sugieren que la dirigencia cubana podría estar dispuesta a reconocer a la oposición política. De ser así, podría asistirse a una transición similar a la que ocurrió en Polonia, cuando finalmente el sindicato Solidaridad tuvo que ser aceptado como un partido político alternativo. Ya sé que es proverbial la intolerancia del gobierno cubano y no hay que pasar por alto sus simulacros, destinados a ganar tiempo y a confundir; pero el reconocimiento de la oposición política, si llegase a ocurrir, no sería ningún acto de benevolencia; sino una maniobra que cuesta muchísimo trabajo postergar. La huelga de hambre de Fariñas y su posible relevo por parte de otros opositores funciona como una verdadera bomba de tiempo. Las protestas de las Damas de Blanco evidencian cuántas dificultades se experimentan para controlar las calles.

Con una enorme impopularidad, el gobierno no dispone de demasiados recursos para contener a la oposición sin incurrir en (poco convenientes) enfrentamientos violentos. Es posible que el domingo pasado, el 20 de marzo, se hayan dado los primeros pasos para reconocer a la disidencia. De ser así, se estaría en un momento definitorio. El momento en el que se iniciaría una transición. Y si no fuese de este modo, entonces, igualmente, no es difícil pronosticar nuevos enfrentamientos, bastante desestabilizadores (huelgas de hambre de los disidentes, manifestaciones de inconformidad en las calles, más personas que pierden el temor a las represalias, descrédito casi absoluto de las autoridades, acusaciones virtualmente unánimes de la comunidad mundial). ¿Tendría sentido entonces hablar de un final? Posiblemente. ¿Dos o tres años más? Lo encuentro excesivo. Esa sería mi predicción de agorero sólo en el mejor escenario: el del reconocimiento oficial de la oposición.

19/3/10

Némesis y los poderes de la imagen

El artista cubano Geandy Pavón proyectó una instantánea del opositor Orlando Zapata Tamayo sobre la fachada de la Misión Permanente de Cuba ante las Naciones Unidas. Némesis era, a un mismo tiempo, una imagen que inculpaba al gobierno cubano, y un homenaje al disidente muerto, a quien los asistentes a la performance le rindieron tributo.

Las superficies de la edificación contribuyeron a crear un efecto perturbador, donde incluso el tráfico agregaba una nota visualmente intensa. Como si se hubiese cumplido algún acto de encantamiento, la identidad de la sede cubana quedará asociada a esa imagen redentora. Ignoro cómo los funcionarios cubanos conseguirán librarse de esta visita espectral.

Némesis: la justicia retributiva.

15/3/10

Gaston Bachelard: la imaginación material y la imaginación formal.





La imaginación no es un estado, es la propia existencia humana.

William Blake (citado por Gaston Bachelard)


Entre las numerosas hipótesis filosóficas que propuso Bachelard, se encuentra la idea de una génesis de lo que llamó "proceso meditativo". Si bien se trata de un esquema que no parece estar lo suficientemente argumentado, merece la pena detenerse en dicha hipótesis, aunque sólo sea para esclarecer o simplificar un poco el entramado filosófico –a veces demasiado intrincado y repleto de conceptos de los que no ofrece ulteriores desarrollos- desde el que Bachelard emprendió sus lecturas de las imágenes poéticas.

El pensador francés distinguió tres momentos en el "proceso meditativo". El ensueño ocupaba el lugar primigenio. "Antes de ser un espectáculo conciente -escribió Bachelard en el Agua y los sueños- todo paisaje es una experiencia onírica". El ensueño antecedía a ese segundo estadío que era "la contemplación". El momento de la contemplación, dice Bachelard, auna "más recuerdos que sensaciones". En un tercer nivel, más conciente, figuraba la representación.

En esta filiación se puede reconocer una oposición entre lo más inmediato e íntimo-el ensueño- y la representación en la que participaba, como uno de sus ingredientes, la imaginación formal.

A un nivel más profundo, coincidiendo con la dimensión del ensueño, se encontraba el ámbito de la imaginación material, que les daba cohesión a las imágenes poéticas. La imaginación formal y la imaginación material obedecían a fuerzas diametralmente opuestas. Dice Bachelard:

Las fuerzas imaginantes de nuestro espíritu se desarrollan sobre dos ejes muy diferentes.
Unas cobran vuelo ante la novedad; se entretienen en lo pintoresco, en la variedad, en el acontecimiento desatendido. La imaginación que ellas animan tiene siempre una primavera por describir. Lejos de nosotros, en la naturaleza, ya vivientes, producen flores.
Las otras fuerzas imaginantes ahondan en el fondo del ser; quieren encontrar en el ser a la vez lo primitivo y lo eterno. Dominan lo temporal y la historia. En la naturaleza, en nosotros y fuera de nosotros, producen gérmenes; gérmenes cuya forma está fijada en una sustancia, cuya forma es interna.


Los estudios de Bachelard se basaron en el presupuesto de que la imaginación no producía las imágenes de manera azarosa, arbitraria o caótica, sino que se regía por principios bastante estables y por filiaciones de la imaginación material que podrían agruparse según prevaleciese el agua, el aire, el fuego y la tierra. Bachelard citó a Leonardus Lessius, un teólogo del siglo XVI, que asoció estas sustancias a los cuatro temperamentos:

Los sueños de los coléricos son de fuegos, de incendios, de guerras, de muertes, los de los melancólicos de enterramientos, de sepulcros, de pérdidas, de fosas, de todas las cosas tristes. Los de los flemáticos son de lagos, lluvias, inundaciones, naufragios y los de los sanguíneos son sobre vuelos de pájaros, trayectos, festines, conciertos, y sobre las cosas mismas que uno no se atreve a nombrar.

Pero Bachelard manejó con entera libertad la creencia de Lessius en temperamentos que soñaban con imágenes del aire, la tierra, el agua y el fuego. Escribió capítulos admirables sobre las poéticas individuales de Shelley, Poe o Nietzsche, pero su método de trabajo consistió más bien en identificar motivos en los que se manifestaran los principios de la imaginación material. Una labor que le permitió pasar por encima de encasillamientos y al mismo tiempo ilustrar cómo las imágenes poéticas, lejos de ser evasiones de la realidad, estaban vinculadas a experiencias del ensueño diurno. Experiencias que eran, por otra parte, muy necesarias para la vida afectiva:

Un ser privado de la función de lo irreal es un ser tan neurótico como el hombre privado de la función de lo real.

6/3/10

Bachelard y la imaginación material

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I

La voluminosa obra de Bachelard parece un campo de experimentación cerrado sobre sí mismo. Un conjunto de investigaciones que resulta difícil continuar y que, a pesar de la influencia que ejerció en pensadores tan relevantes como Althusser, Foucault y Barthes no logra insertarse en ninguna de las vertientes del pensamiento contemporáneo. Hay una razón para que sea así: el pensamiento teórico actual se ha orientado fundamentalmente hacia la crítica de las ideologías y el análisis de los resortes del poder; mientras que, a contracorriente de estas direcciones dominantes, los textos de Bachelard se sumergen en un espacio de intimidad, en la soledad del diálogo entre el lector y el poema.

El sujeto en Bachelard no es una figura interpelada por una ideología que debe ser denunciada y desentrañada; ni tampoco un individuo, perteneciente a un determinado grupo social, que participa en un engranaje de poder cada día más eficiente y que funciona de acuerdo a mecanismos ocultos y en sí mismos deslumbrantes. El sujeto en Bachelard es un individuo ensimismado en la fruición de la lectura y en la capacidad de la imagen poética para activar el ensueño diurno. Los propios hallazgos teóricos de Bachelard parecen ser, en la mayoría de los casos, descripciones de sus vivencias como lector. En sus escritos, la interpretación se apoya en una especulación filosófica cuyos presupuestos son más que nada intuiciones, enfoques que develan una dimensión psíquica que sólo puede confirmar un lector que, como el propio Bachelard, se entregue al poder evocativo de una imagen poética. Bachelard construyó todo un sistema filosófico sobre la lectura como un incentivo de lo imaginario.
III
Como un desvío del psicoanálisis clásico, Bachelard se internó en el estudio de lo que, según él, era una capa intermedia entre la conciencia y el inconsciente: la zona del ensueño diurno. Si en el subconsciente –que se manifiesta en las imágenes oníricas, en los lapsus del lenguaje o en los actos fallidos- yacían, latentes, los temores más arcaicos y contenidos que debían interpretarse como síntomas de un malestar neurótico, las imágenes del ensueño diurno eran visiones reconfortantes, reparadoras y dichosas.

La imagen poética debía aceptarse no como un símil ni como una metáfora que representase algún aspecto de la realidad; sino como una realidad en sí misma. Un hallazgo del lenguaje que agregaba su novedad al mundo y al hacerlo renovaba al ser. En su introducción a El aire y los sueños Bachelard anotó:
Hay imágenes completamente nuevas. Viven la vida del lenguaje vivo. Se las reconoce en su lirismo activo, por una señal íntima: renuevan el corazón y el alma; dan –esas imágenes literarias-, esperanza a un sentimiento, vigor especial a nuestra decisión de ser una persona, tonifican incluso nuestra vida física. El libro que las contiene es de súbito para nosotros una carta íntima.