20/8/11

Un museo escindido





Este verano, en el MoMA, llama la atención la insistencia con la que aparecen las pantallas de los televisores. En una pared se colgaron seis pequeños retratos de Lucien Freud, como un homenaje al recién fallecido artista británico. En otro de los pisos hay un lienzo de Cy Twombly, un modo de rendir tributo a este gran pintor, quien al igual que Freud, dejara de existir el pasado mes de julio. La evocación de estos dos difuntos -que con todo derecho pueden contarse entre las figuras cimeras del arte de la segunda mitad del siglo XX- parece también albergar un sentido simbólico: la pintura se hunde aún más en su agónico final. Es cierto que su muerte, anunciada hace más de cuatro décadas, se pospone indefinidamente, pero la enfermedad terminal no cesa de avanzar y propagarse.  En las muestras del MoMA las superficies bidimensionales del lienzo o la cartulina han sido sustituidas por los rectángulos planos del plasma TV. Televisores de diferentes tamaños, dispuestos en el suelo o en las esquinas,  en los pasillos o ubicados en el medio de la sala. Pantallas que exhiben fotografías, cortos fílmicos, letreros, imágenes computarizadas.  El sueño vanguardista de fusionar el arte a la vida parece estar a punto de cumplirse. Y no porque se hayan derogado las paredes del museo; sino porque la pantalla desde donde se transmiten las imágenes artísticas son similares a las del televisor de nuestro hogar o al monitor de una computadora. El arte se integra  a la vida no tanto por salir a las calles y oponerse a las instituciones artísticas; como por acudir a los mismos soportes  electrodomésticos y a los mismos avances tecnológicos que han poblado nuestra existencia cotidiana.





Ya en selección de los fondos del museo se incluyen algunos videos, entre los que figuran obras de los años 70, como un performance Hannah Wilke, haciendo un streap tease detrás del Gran Vidrio de Duchamp. Hay una proyección de Glenn Ligon en una sala a oscuras, transformada en uno de esos  llamados ‘cubos negros’ que se han vuelto tan usuales en las exhibiciones de arte contemporáneo.  Además de otros videos, exponentes del arte feminista y de las (mal) llamadas minorías sexuales. 




En la misma planta, la muestra personal  Images of war (Imágenes de la guerra) de Harun Farocki.  El artista de origen checo nos recuerda que vivimos en una sociedad de la vigilancia en la que el cliente de un supermercado es observado con el mismo celo que un recluso en una prisión de máxima seguridad y los video juegos no son muy distintos de los programas que se emplean en las prácticas de adiestramiento militar o como simuladores de topografías donde habrán de lanzarse misiles de alta precisión. En el segundo piso, bajo el título Talk to me (Háblame) se exhiben imágenes artísticas interactivas: filmes en tercera dimensión, pantallas sensibles al tacto, animaciones computarizadas, máquinas que interactúan con los usuarios,  objetos robóticos que parecen comportarse según lo decida el espectador. En la sala dedicada a la arquitectura y al diseño hay también numerosas pantallas, al igual que en el vestíbulo del museo.


Es evidente que estamos ante un drástico cambio cultural, marcado por la preponderancia de los acelerados hallazgos tecnológicos, aprovechados con propósitos artísticos. Es también la consolidación de una sensibilidad más a tono con nuestro tiempo. El museo de arte moderno transformado en un museo contemporáneo, e incluso proyectado hacia el futuro. Gracias al plasma TV, a las pantallas, a las bandas sonoras, los espectadores disfrutan de obras de arte que les resultan más cercanas a sus inquietudes, a su entorno y también a sus maneras de apreciar las imágenes. Formas de percepción  indudablemente influidas por el contacto cotidiano con los ordenadores, los espacios virtuales e interactivos,  los anuncios publicitarios y los programas de televisión. Un mundo más vertiginoso, más dinámico, de efectos visuales que resultan fulgurantes.

Después de asistir a tantas manifestaciones de arte contemporáneo, el arte de las vanguardias parece pertenecer a un mundo adormecido del que el espectador está definitivamente divorciado. 

En la tarde del viernes, las multitudes todavía siguen visitando las colecciones de arte de la vanguardia. Sólo que es cada vez más frecuente ver a los jóvenes y los turistas aprovechar la ocasión para tirarse una foto junto a pinturas de Picasso y Matisse  o vagar con aire de satisfacción por encontrarse en un recinto repleto de nombres que han pasado a la historia del arte, venerados como ‘maestros’ y convertidos en figuras legendarias. Pero un arte que parece lejano, no tanto por la distancia temporal, como por las envejecidas búsquedas estéticas que lo animaron. Hasta los mismos ready-made de Duchamp  parecen demasiado simples y dan la impresión de ser ingenuos ejercicios de clase frente a los sofisticados videos que se proyectan en las otras salas. Lo mismo para los artistas abstractos norteamericanos y en menor medida para los minimalistas y post-minimalistas. Sus obras parecen estar enunciadas en una lengua que va quedando en desuso, dirigida solo a unos iniciados.

 El gran público, eufórico ante el nuevo arte, no parece interesarse en el atractivo visual de los lienzos vanguardistas. En el vestíbulo del museo, el Balzac de Rodin difícilmente hubiese podido despertar más indiferencia. Nadie se detenía a mirarlo. El propio espacio en el que está emplazado se encontraba totalmente desierto, en un viernes donde la entrada es gratuita y el museo está  atestado de personas. El nuevo arte no sólo envejece con celeridad; sino que ha tornado vetustos a sus propios precursores. Ahora parece abrirse un abismo entre las salas dedicadas al arte moderno y aquellas donde se exhiben obras contemporáneas.    

Carece de sentido renegar de lo nuevo y mirar con nostalgia los valores estéticos del pasado. En lugar de una mirada apocalíptica es preferible constatar que se ha impuesto una nueva sensibilidad. Como había sostenido Donald Kuspid, la dimensión ideológica y los avances tecnológicos prevalecen sobre el goce estético y la dimensión poética.  Pero no se trata, como afirmó Kuspid, de una muerte del arte, sino de un nuevo semblante, más próximo también a un nuevo espectador.

4/8/11

Art Experience:NYC, Vol. 1, No. 3, Verano, 2011 (en español)


Ya hemos colgado la tercera edición de ArtExperience:NYC, Verano, 2011, en su versión al castellano. En este número hemos procurado que de alguna manera se perciba la incidencia de la crisis económica –una crisis que es también política- sobre el campo artístico.  Aquí una de las obras del artista italiano Cesare Pietrouisti, que se presenta como parte de la muestra colectiva Damnatio Memoriae, en la Greenberg Van Doren. Pietrouisti entona el himno Pensiero Unico, del Partido Nacional Fascista de los años de Mussolini. La reacción de los transeúntes es alarmante, con ese coro de jóvenes con el que culmina el video. El propio artista tuvo que hacer silencio ante el resultado de su experimento. La revista puede verse aquí:


2/8/11

Art Experience NYC, Vol. 1, No. 3, Summer 2011

El tercer número de ArtExperience NYC, Verano del 2011 (en inglés) ya se encuentra en nuestro website. La versión en español estará lista muy pronto. Entre las recomendaciones, quisiera mencionar la encuesta de Claire Lieberman sobre la incidencia de la crisis económica sobre la creatividad y la reseña de Octavian Esanu sobre un trabajo del artista belga Francis Alÿs. Para ver esta nueva edición, ir a nuestro website: