24/2/13

Tusa Cutusa es un animal feroz. Cuba y la experiencia Post-Soviética (Primera parte)


Esta es la primera parte de un texto todavía en preparación, a propósito de la reciente aparición del libro Caviar and Rum, publicado por Palgrave Macmillan y antologado por Jacqueline Loss y José Manuel Prieto. 

I
La Revolución Cubana afirmó, entre sus armas ideológicas más contundentes, su carácter nacionalista y tercermundista. Le correspondía a la revolución un lugar señero en las luchas anti-colonialistas y en los movimientos de liberación nacional de los años sesenta y setenta. Igualmente aspiraba a establecer alianzas económicas, políticas y culturales con otros países latinoamericanos, africanos o asiáticos. La dimensión nacionalista era interpretada como una continuidad con las gestas independistas del siglo XIX.  Esa era la manera (positiva) de argumentar que se había alcanzado una soberanía nacional. El reverso –o evidencia negativa- era la enemistad hacia el gobierno norteamericano y el término “Pseudo-República” para definir el periodo histórico que comprendía desde 1902 hasta 1958.

Fue un discurso ideológico que se reiteró con tal insistencia que, al menos dentro de Cuba, todavía hoy cuesta pensar que las relaciones del gobierno cubano con la otrora Unión Soviética tuvieron, bajo el semblante de una “amistad inquebrantable”, todos los rasgos de un vasallaje neocolonial. Fuimos una neocolonia, sin siquiera enterarnos. Los nexos con la URSS no solo se limitaron a una abrumadora dependencia económica, sino también a alianzas militares, donde la parte caribeña aportó al personal que operaría en el terreno (es decir, los que harían el trabajo sucio y estarían expuestos a ser carne de cañón). La Unión Soviética se convirtió en el socio privilegiado en el mercado mundial, con la elaboración de convenios económicos que remedaban  la mal llamada “reciprocidad comercial”, que anteriormente existió entre los Estados Unidos y Cuba (los soviéticos, al igual que los norteamericanos, también ofrecieron precios preferenciales para el azúcar cubano).La Unión Soviética monopolizó virtualmente el consumo interno del país, desde los alimentos hasta los efectos electrodomésticos, desde las maquinarias y herramientas para la producción hasta los medios de transporte. La influencia soviética sobre la sociedad cubana también afectó a las producciones culturales y a la enseñanza e incluyó la distribución de publicaciones periódicas, filmes, programas televisivos y cursos masificados–en la radio, la televisión y en las escuelas- de idioma ruso.

Algunos intelectuales cubanos residentes en la isla, a la hora de hacer la crítica de las políticas culturales de la Revolución, señalaron, no sin buenos argumentos, que el momento más álgido de la instauración de modelos soviéticos en la dirección de la cultura  fue el eufemísticamente llamado “quinquenio gris” (1971-1976), que además se demonizó en las figuras de algunos funcionarios.  Coincidiendo con esta visión crítica del pasado, también se estigmatizaron o se borraron los residuos del realismo socialista, desde las novelas de Manuel Cofiño hasta las numerosísimas formas de propaganda y arte político. De este modo no solo se tiende a atenuar la incidencia de los modelos soviéticos antes y después de aquellos años del quinquenio gris; sino que también se oculta el hecho de que muchas expresiones o estructuras de lo soviético todavía están vigentes, no tanto en el  ámbito de las producciones culturales, como en la sociedad cubana en un sentido más amplio. Toda la propaganda triunfalista, el sistema unipartidista, los métodos de vigilancia, las maneras de denigrar y reprimir a los opositores políticos, la corrupción a todos los niveles y la ineficiencia de una economía supuestamente planificada y centralizada,  son rasgos y formas de regir la sociedad que se derivan de esquemas y modelos importados de la otrora Unión Soviética.

La huella de lo soviético en el imaginario cultural y social es una presencia muy arraigada y vital, que no admite ser segregada a un momento histórico ya superado. Debiera entenderse también como un vestigio de la condición neocolonial que, con sus momentos de fricciones y distensiones, tuvo la Revolución Cubana prácticamente desde sus inicios (por mucho que el gobierno reclamara ser “el primer territorio libre de América”). La celebración del coloquio Cuba and the Post-soviet experience, organizado por la investigadora Jacqueline Loss y el novelista cubano José Prieto en febrero del 2007, fue seguramente el más temprano esfuerzo por aproximarse a estas reminiscencias.

Las memorias del coloquio fueron publicadas recientemente, en la antología Caviar and Rum, hecha por Loss y Prieto. Lo primero que llama la atención en el libro es que parece privilegiarse la voz de los intelectuales cubanos jóvenes, tanto de los que salieron del país como de aquellos que residen en la isla. Una intención que, en el evento del 2007, fue lamentablemente saboteada con la negativa del gobierno norteamericano a darles el visado a los creadores que hicieron sus trámites desde la Habana. Lo segundo es que no se trata de una indagación histórica –aunque no falten las miradas hacia el pasado-; sino y sobre todo, de las huellas de lo soviético en la Cuba actual, y más particularmente entre los jóvenes. Este es un campo de investigación virtualmente inexplorado y que necesariamente conducirá a una rescritura del pasado.

II
Un chiste popular cubano contaba la historia de un hombre momentáneamente encorvado por el peso excesivo de dos maletas que llevaba consigo. Un transeúnte lo interrumpe para preguntarle la hora. El hombre contesta complacido, como si tuviese una ocasión para celebrar los prodigios de su reloj. “Son las 5”, dice, “y las 11 en Madrid, en Alemania es medianoche y en Moscú son las 3 de la madrugada”. “¿Y ese reloj dice todo eso?” prosigue el transeúnte, picado por la curiosidad. “Eso no es nada”, replica el hombre, “este botoncito te dice tu peso y tu estatura, este otro te da información sobre el clima y este sobre tu signo zodiacal”. “¿Y de dónde es ese reloj?”, pregunta con perplejidad el transeúnte. “Es un reloj soviético”, responde el hombre, esta vez sin ningún entusiasmo. “Soviético, ¿y cómo funciona?”. El hombre vuelve a levantar las maletas del suelo, listo para continuar su camino. “Aquí están las baterías”, dice.

Este cuento kafkiano era una de las numerosísimas bromas del imaginario cubano contra la impopular imposición de lo soviético. Las burlas eran moneda corriente y estaban perfectamente integradas a la vida cotidiana. Había chistes sobre la calvicie de Lenin y contra los muñequitos rusos. El lenguaje popular despedazaba a los zapatos ‘ortopédicos’ y a los refrigeradores ‘bolos’. El adjetivo de ‘rusa’ se agregaba para indicar que la carne enlatada era de pésima categoría, los filmes soviéticos eran, en la jerga popular, un ‘pujo’ o un 'clavo'. Breznev y los rusos eran ridiculizados continuamente, con bromas que muchas veces también habrían sido importadas desde la propia Unión Soviética.

Sin embargo, quienes percibían lo soviético como un conjunto de impopulares diseños, filmes grandilocuentes sobre la Gran Guerra Patria o insípidos dibujos animados, no llegaron a predecir que ese pasado volvería, transfigurado por la memoria, convertido en evocación nostálgica, en cita paródica, en un kitsch que pudiera aprovecharse de manera artística, desenfadada e incluso rebelde. Los cubanos descubren el encanto estético del diseño torpe, de los aburridos y frecuentemente panfletarios dibujos animados, de los pesados efectos electrodomésticos. Muchos jóvenes que en la actualidad pronuncian frases como Nu pogodi o Tusa Cutusa es un animal feroz, lo hacen con una sonrisa, como si evocasen un grato recuerdo
(algunas de esas obras lograron ganarse las simpatías de los televidentes). Tampoco faltan quienes encuentran un lado artístico en creaciones que antes resultaban fastidiosas. Es una nostalgia que comparten tanto los jóvenes cubanos que hoy conforman la diáspora como los que viven en Cuba. Yo diría que esta nostalgia va un poco más allá de la añoranza por la niñez o por el país natal. También se debe a que dichas producciones perdieron su carácter invasivo en la vida cotidiana y su horizonte ideológico se ha vuelto obsoleto. Hoy son sobre todo mementos, coleccionables, como si se tratase de inusuales hallazgos arqueológicos, todavía dotados de aquella burla popular que los acompañaba.Es una nostalgia que se expresa también en la forma de travestismo, creando un efecto contestatario por completo opuesto al uso ideológico que tuvieron en el pasado (como puede apreciarse en el uso de la hoz y el martillo, que hace la banda Porno para Ricardo)

Abstracción, crítica de arte de los 50 y política editorial de la Revolución Cubana.



En 1953, el pintor Mario Carreño afirmó "mucho se ha hablado y escrito sobre la
abstracción en nuestro país" (2001, 21). La frase podía leerse en un número de la revista
Noticias de Arte, que circuló mensualmente entre 1952 y 1953. Y en efecto, las
discusiones sobre la abstracción ocuparon un espacio notable en las publicaciones
periódicas del momento. Además de las lujosas tiradas de Noticias de Arte y,
posteriormente, la Revista del Instituto Nacional de Cultura -en la que el propio Carreño
tuvo a cargo la sección de artes visuales- habría que agregar las palabras para los
catálogos de las exposiciones y varias docenas de revistas, boletines y diarios. Los textos
que aparecieron en las páginas de El Mundo, Carteles, Nuestro Tiempo, Bohemia, Gente,
el Diario de la Marina, Información y muchas otras publicaciones1 conforman un
verdadero mosaico, todavía por recomponer y donde, probablemente, existan piezas
definitivamente perdidas.


Habría que esperar hasta una fecha relativamente reciente -el año 2001- para que
cuatro de aquellos escritos fuesen reeditados por las investigadora Luz Merino-Acosta en
un dossier para la revista Arte Cubano. Antes de esa fecha, sólo podían encontrarse
fragmentarias y escasas evocaciones en las páginas de la crítica especializada. Los textos
de críticos de arte como Joaquín Texidor, Rafael Marquina y Luis Dulzaides Noda o de
artistas como Mario Carreño, Raúl Martínez, Hugo Consuegra y Sandú Darié, eran
virtualmente desconocidos dentro de Cuba. Una situación que empieza a
despejarse en la actualidad. Investigadores como Pedro de Oraa2, José Veigas3 y Elsa
Vega Dopico4 han publicado esmerados estudios sobre las artes visuales cubanas en la
década de los cincuenta. A ello hay que sumar la aparición de un libro fundamental:
Elapso Tempore (2002), la autobiografía del pintor Hugo Consuegra, donde el autor
transcribió gran parte de los textos que había compilado en su archivo personal. La
pluralidad que tuvo la crítica de arte cubana de los cincuenta ha comenzado a
desenterrarse cinco décadas más tarde.

 Sandu Darie, Untitled

En contraste con ese medio siglo de silencio, los reproches de los intelectuales
del Partido Socialista Popular5 contra el arte abstracto fueron divulgados con relativa
regularidad. En 1977, César López, en sus palabras introductorias a una antología de la
crítica de arte de Juan Marinello, habló del “tantas veces reeditado Conversación con
nuestros pintores abstractos” (Marinello, 1977, III). Los artículos de Portuondo fueron
también publicados en más de una ocasión6, del mismo modo que vieron nuevamente la
luz los escritos de Carlos Rafael Rodríguez, en el tercer volumen de su Letra con Filo
(1980).

Si se examina la bibliografía en torno al movimiento abstracto de los cincuenta en
las re-ediciones que se hicieron después del triunfo de la Revolución hasta el 2001, no
puede dejar de llamar la atención el lugar exclusivo y excluyente que tuvieron las críticas
que hicieron los representantes del Partido Socialista Popular. Durante la Revolución, los
ensayos firmados por los intelectuales comunistas usurparon el animado espacio de la
crítica de arte de su tiempo. Este pequeño leitmotiv de la política editorial es un ejemplo
más del esfuerzo por re-escribir y silenciar no pocos momentos del periodo republicano,
una práctica sistemática, todavía activa hacia finales de los ochenta y comienzos de los
noventa7.


Este soliloquio era una distorsión que tendía a crear el efecto de que los
miembros del Partido Socialista Popular desempeñaron un rol protagónico en las críticas
que circularon durante aquellos años. Sin embargo, una revisión de las publicaciones
periódicas no permite confirmar este supuesto protagonismo. Nada parece indicar que la
voz, por lo demás muy cohesionada, del Partido Socialista Popular, haya ocupado un
lugar central en los debates estéticos. Por el contrario, podría afirmarse que eran criterios
que permanecían en la sombra, entre desestimados, marginados y prohibidos8.



Los textos de Portuondo, Marinello, y Rafael Rodríguez aparecieron en fechas posteriores
 al "mucho se ha hablado y escrito sobre la abstracción" al que se refería Carreño. Las críticas de los
intelectuales del Partido Socialista Popular se iniciaron a raíz de la exposición Homenaje
a Martí (enero-febrero, 1954), con el ensayo de José Antonio Portuondo Doble
insurgencia de la plástica cubana. La revista de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, que
mantenía profundos y ocultos nexos con el Partido Socialista Popular, apenas habla del
arte abstracto entre 1956 y 1959, aun cuando parece atacar a los abstraccionistas, sin
mencionarlos directamente o explícitamente9. Durante esas fechas sólo se publicó en
Nuestro Tiempo una viñeta firmada por Carreño y una breve nota con motivo de una
exposición de Zilia Sánchez en la Galería Cubana (Año III, No.12, Agosto, 1956, s/p). La
revista vino a abrir una polémica contra la abstracción precisamente en 1959,
coincidiendo con el triunfo revolucionario, en un número dedicado a hacer un recuento
de los estragos de la tiranía batistiana sobre la producción cultural. Rafael Rodríguez
redactó sus textos para Mensajes, que era una publicación ilegal, y la primera edición de
Conversación con nuestros pintores abstractos circuló de manera clandestina. El libro de
Marinello se imprimió en Santiago de Cuba, en 1958, en un momento en que imperaba el
descontrol social y parecía inminente que Batista tendría que ceder el poder. El escenario
artístico de Santiago de Cuba tendía al conservadurismo en cuanto a la recepción de las
vanguardias. Allí se había arraigado una Academia que en su momento
pudo rivalizar con la escuela de Bellas Artes de San Alejandro de la Habana y que aportó
importantes nombres, como Collazo y Tejada, a la historia del academicismo en Cuba
(Rigol, 251-263). Es decir, Conversación con nuestros pintores abstractos apareció en
ambiente refractario a la avanzada artística, si bien el pintor Sierra Badue, procuraba
promover el arte nuevo y hasta gestionó una muestra de pintores abstractos, que tuvo
lugar en 1956. 

La incidencia del Partido Socialista Popular en el campo artístico debió ser mucho
más modesta de lo que harían pensar las re-ediciones posteriores al triunfo de la
Revolución.





Notas
1 Además de las siete publicaciones anteriormente citadas cabe enumerar a las siguientes:
8) Arquitectura, 9) El Boletín Colegio de Profesores de Dibujo y Pintura y Dibujo y Modelado, 10)
Buril.Boletín de la Asociación de Grabadores de Cuba,11) Ciclón,12) Don, 13) Estudios. Mensuario de
Cultura, 14)Germinal, 15) Hoy (Noticias de Hoy), 16) Instituto Nacional de Música, Revista y Programa, 17)
Inventario, 18) Latinoamérica Libre, 19) Mañana, 20) Mensajes, 21) Mensuario de Arte, Literatura, Historia y
Crítica, 22) Prensa Libre, 23) Rescate, 24) Revista Cubana, 25) Revista Lyceum, 26) Tiempo, 27) El País, 28)
Excelsior, 29) El Crisol, 30) Avance, 31) Alerta, 32) Pueblo, 33) La Mañana, 34) Tarde y 35) Ataja, 36)
Revista de Filosofía Cubana. 37) Semanario de actualidad. 38) El Avance Criollo. 39) Espacio.
Publicaciones periódicas en las que aparecieron escritos sobre arte y estética durante los años en los que la
abstracción fue una tendencia artística muy vital dentro de Cuba.
2 Oraá, Pedro. Visible e Invisible. La Habana: Letras Cubanas, 2006.
3 Veigas Zamora, José, Cristina Vives, Adolfo V. Nodal, Valia Garzón, Dannys Montes de Oca. Memorias
Cuban Art of the 20th Century. California: International Art Foundation, 2001.
4 Catálogos para exposiciones del Museo de Bellas Artes: 1,2,3…11. La Habana: Museo Nacional de Bellas
Artes, 2003., La razón de la poesía. La Habana: Museo Nacional de Bellas Artes, 2004. y Loló Soldevilla. La
Habana: Museo Nacional de Bellas Artes, 2006.
5 Nombre que asumirá el Partido Comunista Cubano desde 1944 hasta 1961. El Partido Comunista de Cuba
había sido fundado en 1925 (Estefanía, Carlos Manuel, La reconcentración stalinista:
http://www.cubanuestra.nu/web/article.asp?artID=10548.)
6 Estética y Revolución. Santiago de Cuba: Editorial Oriente, 1963; Itinerario estético de la Revolución
Cubana. La Habana: Letras Cubanas, 1979, Ensayos sobre Arte y Literatura. La Habana: Letras
Cubanas,1982.
7 Rafael Cuesta de Arriba admite que la crítica de arte es “una de las carencias temáticas de la producción
editorial cubana”(Pérez Cisneros, v). No le falta razón. La voluminosa obra de Guy Pérez de Cisneros,
quien fuera el más destacado crítico de arte cubano entre fines de los años treintas hasta comienzos de los
cincuenta, no vino a compilarse y antologarse sino hasta el año 2000, aun cuando era un proyecto que Abel
Prieto tuvo en mente desde los setenta (Pérez Cisneros, 2000, vii). Las lagunas editoriales sobre la crítica
de arte realizada en Cuba entre 1902 y 1958 eran todavía considerables en el año 1995, cuando se
reimprimió Puntos en el Espacio. de Marcelo Pogolotti. Sin embargo, a partir del año 2000, se ha iniciado
una labor de rescate de la crítica durante la República y han visto la luz libros fundamentales como Las
estrategias de un crítico (2000), La sociedad cultural Nuestro Tiempo (2003), Memoria. Cuban Art of the
XX Century (2002) y Escultura en Cuba.Siglo XX, estos dos últimos con exhaustivas referencias
bibliográficas.
8 El 27 de noviembre de 1953, Batista firmó el decreto No. 1170, mediante el cual el Partido Socialista
Popular pasaba a la ilegalidad (Estefanía, Carlos Manuel, La reconcentración stalinista:
http://www.cubanuestra.nu/web/article.asp?artID=10548.)
9 En un texto anónimo, hoy atribuido a Mirta Aguirre (Hernández Otero, 2001, 257).