15/8/15

Entre la espada y la pared


El deshielo entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba no cesa de sorprender y no cabe duda que ha sido posible gracias a la iniciativa –y a las presiones- de la diplomacia norteamericana. Son los yanquis, tradicionalmente vistos como arrogantes, los que ceden y conceden –desde la liberación de los cinco espías hasta la negativa a invitar a los disidentes cubanos a la ceremonia de izamiento de la bandera en el edificio de la embajada- con tal de apresurar y estimular el diálogo. Los representantes del gobierno cubano, en cambio, son los que exigen, los que parecen poner trabas al entendimiento y aletargar las negociaciones. Esta situación -a primera vista contradictoria si se piensa que la economía cubana sería la más beneficiada con el restablecimiento de vínculos diplomáticos y comerciales- hace pensar que el gobierno cubano no percibe la nueva política estadounidense como ninguna concesión, ni como una victoria. La administración Obama se impone, no desde sanciones y posiciones de fuerza, sino desde una especie de cortejo, de un modo seductor, mientras desde la isla responden a regañadientes, ya sin muchos peros que interponer, porque el olfato político de sus ancianos dirigentes intuye que no les será sencillo sostenerse en las nuevas circunstancias.

Estados Unidos rectifica una política fallida, repudiada por la comunidad internacional, que favoreció el enquistamiento del régimen de La Habana en la medida en que permitió justificar la represión económica de la población y culpar a los Estados Unidos por el progresivo deterioro de la economía nacional. Las relaciones hostiles entre ambos países también sirvieron para legitimar la necesidad de un partido único, la falta de libertades cívicas y la imposición de un orden represivo destinado a obstruir tanto el desarrollo del capital privado nacional como los espacios políticos de la oposición.

Por lo pronto, el entendimiento parece poner al gobierno cubano entre la espada y la pared. Por un lado le resulta difícil no involucrarse en esta nueva política, basada en gestos corteses, que cuenta con el respaldo internacional, con las simpatías de gran parte de la población cubana y también, posiblemente, con el entusiasmo de influyentes grupos de poder en Cuba (la dirigencia política muy bien podría estar escindida entre los defensores de la vieja política y los partidarios del emergente diálogo). Por otra parte, –aunque el canciller Bruno Rodríguez afirme una y otra vez que las diferencias entre gobiernos no van a resolverse- el acercamiento es un modo de presionar a La Habana para que haga urgentes aperturas económicas y políticas.


De entrada –y este es un primer acierto de la política de Obama- los ideólogos de la dictadura se han visto forzados a atemperar e incluso subvertir sus tiradas antinorteamericanas. Silvio Rodríguez ha lanzado la frase ‘Cuba sí, yanquis también’ y las banderas estadounidenses comienzan a ponerse de moda en La Habana, con el beneplácito de las autoridades. Asistimos a la agonía del discurso antimperialista que definió históricamente al proyecto iniciado en 1959, y que han sostenido las izquierdas populistas e impopulares de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.  Pero este derrumbe de la retórica antimperialista -y su consiguiente impacto político sobre los gobiernos latinoamericanos- es solo el efecto más inmediato y ya perfectamente visible de las nuevas relaciones entre los países vecinos. No es difícil conjeturar que el cambio político gestionado por Los Estados Unidos afectará estructuralmente a la manera de administrar el país. Hasta ahora el gobierno de Raúl Castro ha realizado reformas que contribuyan a sanear la economía nacional siempre y cuando no comprometan la estabilidad política del régimen. Son ajustes tímidos y realizados con cautela porque se trata de un gobierno que se sabe impopular y frágil. Un gobierno que se siente seriamente amenazado con la posibilidad de que los ciudadanos hablen en voz alta, aunque solo fuese por un minuto y en la performance de una artista.  Ahora la clase dirigente, que es esencialmente renuente a los cambios, tendrá que lidiar con un vecino poderoso, que extiende la mano y ofrece las mil y un tentaciones, a cambio de atreverse a ensayar políticas menos conservadoras. Las nuevas relaciones diplomáticas, que parecen anticipar el levantamiento definitivo del embargo económico, podrían inducir –o hasta obligar- a cambios más acelerados y que favorezcan el desarrollo del capital privado y la aparición de proyectos y posiciones políticas alternativas.